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Crítica / Las Palabras

Pablo Messiez firma su trabajo más extrañamente conmovedor

Cuarta Pared

Recuerdo mi primer encuentro con el universo Messiez. Fue en la sala Pradillo, una tarde quizás de domingo, viendo Muda. No habría más de 10 personas sentadas en las butacas, pero yo lo viví como si realmente estuviera solo frente a aquella miniatura, envuelto en su red poética y extraña. Digo extraña para decir singular, para decir inquietante. Con el tiempo he comprendido que los personajes de Messiez son átomos perdidos que encuentran en el amor la única posibilidad de fusión. Y son las palabras las que trenzan siempre ese lazo cuántico. El resto son caminos sin dirección, caudales sin mar en el que desembocar. Pablo Messiez tiene una facilidad rotunda para desdibujar la vida en el escenario, para mostrar que lo que no se sustenta por el lenguaje y el amor está lejos de pertenecer al ser humano. Y como creador teatral, Messiez siempre te coloca en un principio en el que te tienes que empezar preguntando ¿qué es esto? Es una pregunta muy básica, muy de filósofo. Aquella tarde salí de la Pradillo rumiando esa pregunta, ¿qué es esto? ¿qué cojones es esto? Descolocado. 

Y el tipo lo ha vuelto a hacer. Sentado en la butaca, esta vez la de la sala Cuarta Pared, baja la luz y empieza Las Palabras, con esa forma distorsionada, deformante, de plantear la historia en boca y cuerpo de Alicia Calot. Y miras el escenario desnudo, los asientos de coche envueltos en cartón como si de un embalaje de Kantor se tratara, borrándoles la forma y el sentido. Y entonces empiezas a pensar: ¿qué es esto? ¿qué cojones es esto? Descolocado desde el minuto uno, comienzo a sentir el raro placer, placer incómodo al cabo, de querer descodificar el universo Messiez. Me encantan los artistas que no se conforman, los que le dan vueltas y vueltas a la tuerca de la creación, los que se arriesgan sin miedo -o con él- a buscar. Lo que encuentran podrá ser original o mundano, liviano o trascendental, sagrado o profano, pero nunca será ortodoxo. 

Las Palabras plantea un mundo afectado por una peste de la que sólo se puede uno librar cantando o hablando en verso. Eligiendo las palabras, haciendo un esfuerzo consciente por no repetir lo que repiten como mantras, por ejemplo, los medios de comunicación o los rezos. Sobre las cabezas de los seres que pueblan este universo llueve ceniza, la de los cuerpos quemados, la de aquellos que no supieron o no quisieron cantar y rimar, los que voluntaria o involuntariamente no eligieron las palabras, no pensaron antes de hablar. Tiene algo de apocalíptico el arranque de la función, algo de vieja novela futurista. A mí me dolió como me dolía Blade Runner (y en ambos casos todavía no sé qué y por qué exactamente me dolía). Dolor existencial, puro y duro. Javivi llorando, sin camiseta. Estefanía de los Santos cantando Ay qué dolor entre sollozos. Fernanda Orazi convulsionada. Alicia Calot desapareciendo bajo su traje de plástico (otro embalaje). Marianela Pensado trenzando la bufanda negra interminable. Y el amor. 

El amor rimado entre el médico y la performer es en sí mismo una obra dentro de la obra. Mientras afuera todo se cubre de polvo de muerto, ellos construyen y destruyen eso tan profundamente humano que es el amor. La poesía es la más elevada creación que el hombre ha conseguido para explicar el amor. Y ese delicado romanceo que lo dibuja desde la Edad Media suena revolucionario ahora que las palabras parecen perder su sentido en el mercadeo global de información. Como el blanco y negro en el cine de hoy, el verso en el teatro toma un sentido nuevo aquí, en el universo Messiez, donde callarse es dejarse morir. 

Finalmente, las palabras alejan la peste, que como el amor, como la alegría y como la vida, no dura para siempre, aunque en curso parecen eternas. La última escena es una genialidad más en un montaje que, al menos en mi caso, tiene más vida cuando acaba que durante su realización, porque viaja contigo y te martillea en las horas siguientes, en los días siguientes, en los años siguientes. Quizás dentro de un tiempo, cuando salga de ver otra obra de Messiez, me asalte esa filosofía de la hora del bocadillo de la última escena de Las Palabras y ese guiño a Chéjov del final (guiño hermano del final de Los Ojos, lo mejor que hasta ahora, para mí, ha hecho Messiez). Chéjov es, posiblemente, el dramaturgo que más certeramente escogía las palabras de sus obras, con precisión atómica. Bendita fusión... nuclear. 

Álvaro Vicente



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