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Crítica / Las neurosis sexuales de nuestros padres

Obra del dramaturgo suizo Lukas Bärfuss dirigida por Aitana Galán, estará en cartel hasta el 1 de noviembre

Cuarta Pared

El tabique de fondo de escenario de la sala Cuarta Pared está agrietado y cuando los actores andan el suelo de madera cruje. Estos elementos disonantes podrían despistar a alguien como yo, que pierde la atención hasta con el zumbido de una mosca. Pero cuando los actores de Las neurosis sexuales de nuestros padres entran en escena, suena Das Modell, del grupo alemán Kraftwerk y comienzan a jugar con sus cuerpos te descubres a ti mismo hipnotizado por las serpenteantes formas que dibujan sus figuras al son de la música.

Comienza la obra, todos serpentean menos Carolina Lapausa, la actriz que interpreta a Dora, la protagonista de la historia. Como en la función, los personajes giran alrededor de ella. La joven ha estado toda su vida medicada, para tratar (o más bien contener) una extraña enfermedad mental, que prácticamente la ha mantenido aislada del mundo. Un día, la madre decide retirarle la medicación y a partir de ese instante su existencia cambia por completo: empieza a prestar atención a detalles que antes ignoraba, como la forma de vestir o las historias que quiere escuchar antes de irse a la cama.

Pero la mente de Dora es limitada. La joven es incapaz de comprender reflexiones complejas y actúa casi por instinto, limitando su entendimiento a razonamientos que sirven para justificar sus deseos pero sin ser capaz de crear una mínima empatía con sus semejantes. Lapausa humaniza a un personaje que no parece de este mundo. La delicadeza con la que se mete en la piel de la protagonista, la inquietante sabiduría que demuestra al otorgar verdad a cada frase, cada palabra, y la capacidad que tiene para tratar los silencios con una expresividad que te deja clavado en el asiento te confunden: ¿será que han cogido a una actriz con problemas mentales? Cuando termina la obra ya ves que no, que todo era mentira, que estaba actuando: aplausos y reverencia.

El suizo Lukas Bärfuss, autor de la obra, propone un texto complejo con personajes que parecen llevados al límite. Mucho sexo, mucha perversión, casi obsesiva y en varias ocasiones hasta deliberante y enfermiza. Aitana Galán, la directora de este montaje repite autor. Ya había trabajado antes, en 2012, con otro libreto del dramaturgo y novelista escandinavo, Málaga, un thriller del que la salmantina dijo, en una entrevista al diario El País: “la obra enfrenta de una manera directa a una problemática moral, ética, que se encuentra latente en prácticamente todas las relaciones afectivas que establece el ser humano en el último siglo” y que se puede aplicar también a este texto.

En Las neurosis sexuales de nuestros padres la madre de Dora, la actriz Lidia Palazuelos, que hace de progenitora de Dora, propone un personaje delicado, cuya fragilidad es el producto de haber estado encerrada en si misma durante muchos años. Cuando no puede más y se rompe, todos los sentimientos que han estado prisioneros tanto tiempo salen a relucir, y es entonces cuando la intérprete, casi al borde del abismo sobrecoge a los presentes con una clase de actuación magistral. El suyo es uno de esos personajes que te crees, y por eso el impacto emocional es mayor, si no fuese porque sabes que estás en un teatro, casi apartarías la cabeza cuando estalla, porque su verdad duele.

¿Qué hacer cuando no puedes hacer nada? Cuando la impotencia es la única respuesta a tu dilema. Esta es la disyuntiva de los padres, que han decidido dar libertad a Dora, y que ella utiliza para abandonarse en un frenesí de sexo y sumisión involuntaria con un “novio” que es un buscavidas con una enfermiza forma de entender el erotismo y que empieza como lobo y termina como cordero. Hasta el más truhán tiene una parte que necesita ser amada, y sueña con una vida normal, Dora puede ser su camino a la redención. 

En general, el reparto es magnífico. La obra no tiene ningún punto débil. Quizás, por decir algo, algún monólogo excesivamente largo, como es el del médico cuando explica a Dora en qué consiste el amor, el sexo y el erotismo. El ritmo es frenético, constante y está tan bien orquestado que es una delicia pasar de una escena a otra. La escenografía es simple: una mesa y varias sillas, con un buen texto, una buena propuesta y unos actores que no flaquean en ningún momento y que defienden sus personajes como jabatos ¿para qué necesitas más? Es teatro, lo que no ves, te lo imaginas.

 

Alfonso Álvarez-Dardet



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